Intensos, y a mucha honra
Qué nos pasa que nos pasa esto. Y esto es como un alud, un torrente, un derroche de alegría, uno de los modos –el nuestro, tan difícil de entender como sencillo de sentir– del amor.Un...
Qué nos pasa que nos pasa esto. Y esto es como un alud, un torrente, un derroche de alegría, uno de los modos –el nuestro, tan difícil de entender como sencillo de sentir– del amor.
Un Mundial nunca es solo un Mundial. Y un partido difícilmente sea solo un partido. Sobre todo para quienes habitan en este singular rincón del Cono Sur (incluidos quienes no somos futboleros).
¿Qué nos pasa cuando juega la selección y de repente todos andamos como hermanados? ¿Qué ocurrió estos días, en cada partido, cuando –como si se tratara de una Navidad criolla, secular y adelantada en el calendario– las calles de a poquito se iban llenando de gente con sonrisa de domingo, viandas en los brazos, alguna botella y ansias de compartir el ritual de ver el partido mundialista del día en familia, con amigos, con vecinos?
¿Y qué pasó ayer, en el partido que dejó a todo un país con el corazón a flor de piel? Como si la vida de Lionel Messi necesitara confirmar un capítulo más en su guion de leyenda: hubo un Inglaterra-Argentina en 1986, con Maradona; acaba de ocurrir un Inglaterra-Argentina con Messi. Los mitos se forjan así. Circularidad, garra, desborde, emoción. Y algo parecido al misterio.
Ayer no podíamos perder. Era impensable perder. Hubiera sido difícil digerirlo (y esto lo escribe alguien que poco o nada entiende de fútbol, y poco o nada se identifica con la vida deportiva en general). Porque, como en todo buen ritual, en cada Mundial se nos abre el alma colectiva; se nos juegan la alegría y el trauma, el sabor de la unión, pero también el de la revancha.
Instrucciones para quien quiera adentrarse en lo que nos pasa: camine por las calles vacías de una ciudad argentina durante un partido mundialista; avance con calma hasta que el grito más gutural, liberador y coral que haya escuchado lo clave en medio de la vereda como lo clavaría un rayo. Escuche ese grito: dice “gol” y dice infinidad de otras cosas. No lo analice, no intente explicarlo. Deje que la vibración de todas las voces de esa ciudad le atraviese el cuerpo. Hay algo allí que ni siquiera quienes están gritando –y llorando y abrazándose y riendo– comprenden muy bien. Lo que sí saben es que en ese aullido desaforado late la forma de un vínculo.
Cuando la selección juega, personas que en la vida cotidiana no se soportan se sentirán hermanadas; cuando hay un gol, transeúntes que jamás en la vida se cruzaron intercambiarán gestos de triunfo; cuando se juegan partidos como el que se jugó ayer, hasta el menos nacionalista amará la camiseta. Y no importa cuán stone y rockero sea –porque también lo es– este país: si el rival en la cancha es Inglaterra, la cosa se pone seria. Porque la memoria hace lo suyo. El ritual, también.
Ayer por la noche, en el Obelisco y en infinidad de otros rincones de la Argentina, una nueva generación de niñitos, todos vestidos de celeste y blanco, con banderas y gorros y a grito pelado, accedieron a una ciudadanía de esas que no se borran. Somos intensos, y a mucha honra.
“Estos jugadores son indios”, dijo ayer, con la ternura de un padre, Lionel Scaloni. Los cantitos, los saltos, la felicidad salvaje. El fútbol, que no es un invento argentino, es tan nuestro como el pogo (que tampoco inventamos), como la vocación por tomar las calles, como la dignidad plebeya del naides es más que naides, como el baño de multitud que cada tanto todo argentino sabe darse.
Somos intensos, y ayer nuestro modo de ser felices, único e intransferible, se hizo carne. Una vez más.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/intensos-y-a-mucha-honra-nid16072026/