Los secretos del primer emprendedor argentino que salió del planeta tierra
Toda gran idea empieza con una pregunta. En el caso de Emiliano Kargieman fue una que parecía tan simple como imposible: ¿Qué pasaría si pudiéramos señalar cualquier lugar del planeta y saber...
Toda gran idea empieza con una pregunta. En el caso de Emiliano Kargieman fue una que parecía tan simple como imposible: ¿Qué pasaría si pudiéramos señalar cualquier lugar del planeta y saber qué está ocurriendo allí? La respuesta lo llevó a mirar hacia el espacio y a fundar Satellogic, una compañía argentina que nació construyendo satélites en un garaje y que hoy busca desarrollar una infraestructura capaz de observar la Tierra a escala global.
Pero su historia había empezado mucho antes. A los nueve años recibió su primera computadora y aprendió a programar. Después llegaron la matemática, la filosofía y el mundo hacker, donde desarmar sistemas era otra manera de entender cómo funcionaban las cosas.
Con apenas 18 años cofundó Core Security, una empresa de ciberseguridad que llegó a trabajar con algunas de las organizaciones más importantes del mundo. A los 30, después de pasar por el mundo del venture capital, decidió volver a construir.
De aquella curiosidad infantil surgió una forma de mirar que todavía conserva: entender, cuestionar y volver a armar. Con Satellogic lanzó 58 satélites, llevó tecnología desarrollada en la región al espacio y convirtió una idea que parecía ciencia ficción en una compañía global. Y su mirada ya está puesta más lejos: en la inteligencia artificial, en una economía que se extienda fuera de la Tierra y en un futuro en el que la Luna podría convertirse en la primera base habitada de manera permanente fuera de nuestro planeta.
En esta nueva edición de Hacedores que inspiran, de LA NACION + EY, Emiliano Kargieman recorre el camino que lo llevó de desarmar radios y hackear computadoras a construir satélites, y reflexiona sobre la tecnología, la inteligencia artificial y los desafíos de una humanidad que empieza a mirar más allá de la Tierra.
-¿Siempre desarmabas cosas? ¿Desde qué edad?
-Desde chiquito. No tengo recuerdo, pero sí recuerdo los gritos de mis padres (se ríe).
-Aparte ellos, psicoanalistas. ¿Qué te decían?
-Empecé a desarmar cosas en la casa de mi abuelo, creo, porque él tenía las herramientas. Tenía la caja de herramientas ahí y entonces le robaba las herramientas y desarmaba radios.
-¿Qué buscabas encontrar?
-No sé. Supongo que cómo funcionaban las cosas.
-Tus amigos ya jugaban al fútbol y demás. Y vos tenías otros intereses.
-Sí, nunca fui muy bueno jugando al fútbol particularmente. Hacía deportes, pero siempre me interesó, de chiquito, ver cómo funcionaban las cosas.
-¿Qué recordás de la etapa del colegio? Tus papás querían que fueras al Nacional Buenos Aires, tenían como una misión. ¿Y vos?
-Mi primera computadora me la regalaron mis viejos cuando tenía nueve años.
-¿Cuál era?
-La Sinclair 2068.
-Para los que creen que esto es historia... Yo me la acuerdo. Estaba la Commodore 64.
-Claro. La Sinclair, que tenía un procesador Z80. Ahí aprendí un poco a programar. Empecé a aprender a programar a los nueve años y medio que sabía a lo que me quería dedicar. Lo tenía claro. A través de las computadoras empecé a encontrarme con la matemática. Fue algo medio gracioso porque quería programar jueguitos y hacer cosas que requerían que hiciera cuentas, que aprendiera geometría y algunas cosas. Entonces me di cuenta de que la matemática me divertía mucho. Ya sabía que quería dedicarme a las computadoras, a la matemática. Lo tenía más o menos claro.
-¿Y qué te da la matemática? Muchos que nos miran dirán: ¿por qué la matemática? ¿Por qué es importante?
-Te lo digo con la perspectiva de hoy. Por ahí a los nueve años lo hubiera pensado de otra manera, pero hoy me parece que lo que te da la matemática es una manera de pensar el mundo. La abstracción de la matemática te ayuda a tratar de pensar el mundo desde otro lado.
Yo siempre la vi como en la base de todo. Cuando me tocó elegir una carrera, llevaba programando desde los nueve años y dije: “¿Por qué estudiar una carrera que tiene 50 años de historia cuando puedo tomar una carrera que tiene 5000 años de historia?”.
-En el colegio, entonces, para ir al Nacional, ¿eras buen alumno o un poco rebelde?
-En la primaria me iba bien. Hacía todo lo que tenía que hacer. Era bastante buen alumno, supongo. Y cuando me tocó ir al secundario, sí había una discusión porque mis viejos, mi vieja sobre todo, querían que fuera al Nacional Buenos Aires, un colegio donde me enseñaran cosas. Y yo tenía claro que quería pasarme el día con la computadora y que no me molestaran demasiado.
Entonces me salí un poco con la mía. Terminé yendo a un colegio a la tarde, me quedaba toda la noche programando y me despertaba para ir al colegio. Después, la verdad, no pasaba mucho tiempo en clase tampoco.
-Hace un tiempo vos le preguntabas a cualquiera de los empresarios a los que les va bien qué carrera había que estudiar y muchos te respondían programación. ¿Hoy cambió eso con la IA?
-Para mí no cambió, porque yo siempre tuve la idea de que lo mejor que uno puede hacer es desarrollar un punto de vista propio sobre el mundo, en términos de construirse un lugar desde el que hacer cosas.
A mí me parece que siempre lo mejor es estudiar cosas que te abran la cabeza y te permitan descubrir universos. Yo estudié matemática, después estudié un poquito de filosofía, pero siempre la idea fue esa: tratar de estudiar cosas que me abrieran la cabeza.
La computación es una ciencia que tiene 50 años. Bueno, aprendo en mi casa. Tampoco alguien se va a parar adelante mío para explicarme sobre algo que tiene tan poca historia. En cambio, la filosofía o la matemática, estudiarlas solo es un poco más difícil. Necesitás guías.
-¿Dónde se unen los puntos de matemática y filosofía en tu historia?
-Para mí están completamente unidas. Creo que casi cualquier persona que haya hecho cualquiera de las dos carreras te va a decir lo mismo. Hay muchos puntos en común en términos de la abstracción.
La filosofía, en realidad, es una disciplina súper técnica, pese a que la gente tiene una idea de la filosofía como alguien tirado en el pasto, volado, pensando sobre cosas. En realidad es una disciplina muy técnica, igual que la matemática. Las dos son disciplinas técnicas y las dos trabajan con abstracción, tratando de ir al centro de qué es la verdad. Me parece que eso las une y hay mucha gente que hace el camino de un lado al otro: filosofía con matemática, matemática con filosofía.
-Esa completitud también te la dio la música. Fuiste guitarrista, pero hoy estás con la trompeta. ¿Cómo se completan esas distintas pasiones?
-Siempre fui un guitarrista mediocre, pero apasionado. Tenía varios grupos de música cuando tenía 18, 19 años. Unos años después también. Me gustó mucho la música y me enganché a tocar. Ahora sigo teniendo guitarras por ahí tiradas en casa y toco cuando tengo un ratito entre reuniones.
Hace unos años, cuando estábamos viviendo en San Francisco, decidí que podía intentar con un instrumento al que le tuve mucho respeto toda mi vida, pero que me encanta, que es la trompeta. Empecé a estudiar trompeta y soy un muy mal trompetista.
-Pero también le ponés método a todo... ¿Hay que ponerle método, cierto sistema?
-Sí, un poco. Pero con la música me lo tomo muy light. Ya tengo métodos en demasiadas partes de mi vida. Entonces, con la música soy mal estudiante. Estudio un poquito cada tanto.
-¿Siempre tuviste este método? Está esta teoría de que si le dedicás muchas, pero muchas horas a algo, te podés convertir en experto.
-Sí, me pasó alguna vez. Me pasó con la tecnología espacial, por ejemplo. Seguramente es verdad, pero me parece que lo importante es lo que está atrás. Dedicás muchas horas a algo porque te apasiona, porque te divierte. Me parece que esa es la parte.
-Seguimos por ahí. Ya te llevé al colegio, con muchas horas de computación, y de golpe estaba Caos o Control. Por un tiempito te fuiste a “caos”, con los hackers. ¿Qué significaba ser hacker en esa época y por qué?
-Era un poco distinto de hoy. El mundo cambió mucho, la industria cambió mucho, las leyes cambiaron mucho. En esa época creo que ni siquiera era ilegal.
Yo empecé a programar a los nueve años. Tenía la computadora en mi casa. En el colegio no había computadoras en esa época. Algunos amigos tenían otras computadoras. Pero llega un momento en que decís: “Quiero aprender más cosas. Hay otro mundo allá afuera. Sé que hay otras computadoras, otros sistemas operativos, otros lenguajes de programación, otras cosas para hacer”.
Desde donde yo estaba era muy difícil acceder a eso. A los 12, 13 años tuve la suerte de que un primo mío, que se mudó de México a Argentina, llegó con un módem acústico. Era una cajita en la que enchufabas el tubo del teléfono y te servía para comunicarte por teléfono con computadoras que había en otros lados. Fue un camino de ida.
A partir de eso dije: “Hay computadoras en otros lugares y puedo empezar a aprender de ellas”. El problema es que muchas de esas computadoras estaban en lugares donde la gente que las manejaba no quería que yo entrara a aprender.
Entonces empecé a tratar de encontrarle la vuelta para entrar en esos sistemas y entender cómo funcionaban. Un poco lo mismo que hacía de chico con las herramientas de mi abuelo, pero con el módem. Hice muchos amigos en el camino. Terminamos armando un grupo de hackers en Argentina, que se llamaba HBO, y pasamos muchas formidables noches rompiendo sistemas.
-De hecho, se hacían notar.
-Teníamos como una revistita que editábamos. No había leyes en contra de esto. Obviamente era cuestionable, supongo, porque entrábamos en los sistemas de un banco, de una universidad o de una telefónica.
Pero nunca hicimos daño, nunca robamos nada. Era con la intención simplemente de aprender cómo funcionaban los sistemas y por el desafío técnico de entrar y controlar sistemas más complejos.
-¿Y era un poco un acto de rebeldía o nada que ver?
-Supongo que sí. Hay una filosofía atrás del hacker. Yo creo que, desde mi punto de vista, la filosofía siempre fue esta idea de que cuando te venden la tecnología, te la venden con una serie de etiquetas acerca de qué podés hacer con ella y qué no podés hacer con ella.
Y hay una especie de filosofía hacker acerca de que la información quiere ser libre y que, cuando vos sos dueño de un objeto, tenés que poder tomar el control de lo que hace. Me parece que parte de esa filosofía está en el origen de todas las cosas que hice en mi vida. Desde desarmar radios para ver cómo funcionan hasta hacer satélites usando componentes de teléfonos celulares.
-Salimos de esa etapa de Caos parafraseando al Súper Agente 86. Pasaste a control. Crean, junto con tus socios, Core Security, una compañía que fue muy importante en términos de los clientes que tuvo en el exterior y demás, pero de muy bajo perfil.
-Sí. Cuando nosotros arrancamos Core yo tenía 18, 19 años y empezamos haciendo lo mismo que hacíamos para divertirnos: romper sistemas. Pero empezamos a hacerlo para gente que quería ver cómo estaba la seguridad de sus propios sistemas.
Entonces nos contrataban para romper la seguridad, pero para que les dijéramos qué era lo que tenían que arreglar. Empezamos haciendo eso y terminamos haciendo software que lo hacía de manera automatizada. O sea, que le permitía a cualquiera correr un software que simulaba lo que hubiera hecho un grupo de hackers tratando de romper sus sistemas y le generaba los reportes para decir: “Esto es lo que tenés que arreglar”.
Fue una súper linda experiencia. Yo arranqué la empresa con 18, 19 años. Me fui cuando tenía 30. Los cinco socios que empezamos Core éramos unas 400 y pico de personas cuando yo me fui. Y la compañía todavía está, existe, sigue funcionando. El 80% de la Fortune 500 eran clientes de ustedes.
-Lograron clientes internacionales, súper complejo de conseguir.
-Sí, en ese momento sí, porque fue la primera vez que alguien logró empaquetar, de alguna manera, este conocimiento esotérico de lo que hacían los hackers en un producto de software. Entonces tuvo mucho impacto.
Teníamos la Casa Blanca, la NASA, todas las agencias de tres letras de Estados Unidos eran clientes nuestros. Google, Microsoft, Amazon, que estaban empezando en esa época, en el 98, 99.
-¿Quién te bajaba a tierra? En el sentido del ego de lograr algo tan fuerte y tan pronto, del dinero...
-Yo creo que, de nuevo, mi motivación siempre fue más intrínseca, de tratar de hacer cosas y construir cosas. Siempre tuve una relación rara con el dinero, en el sentido de que lo disfruto, obviamente, como todo el mundo, pero no es en sí mismo lo que a mí me lleva a tomar decisiones. Obviamente prefiero tenerlo a no tenerlo.
Después uno crece, tiene una familia, se preocupa por el futuro de su familia y hay otras cosas. Pero en ese momento no era lo importante para mí. Lo importante era una cosa más competitiva, en cierto sentido. Decir: “Vamos a llevar este grupo de hackers de Argentina a construir la mejor empresa de seguridad informática del mundo”.
También había una cosa de decir: “Desde acá, desde el culo del mundo, podemos hacer algo que tenga impacto global. Bueno, empujemos”.
-¿Y tus amigos de esa época qué te decían? Porque no era algo normal. Alguien de 18, 19 años armando una empresa de este tipo después de haber sido hacker y llegando a tener clientes como la NASA y demás.
-Yo siempre fui como una especie de anfibio. Me movía en muchos mundos al mismo tiempo. Siempre estuve muy cómodo en ese lugar.
Probablemente no sabés, pero uno de mis primeros trabajos fue como periodista. Hice un curso de periodismo en Página/12 cuando era un pendejo, tenía 12, 13 años, y me quedé trabajando en el archivo de fotos de Página/12 durante años.
-¿También aplicabas ese método de buscar y buscar y buscar?
-Sí. Tenía programas de radio. Me iba a Lomas, hacía un programa de radio a la tarde y después edité unas revistas. Siempre tenía varios mundos medio distintos. La música, la escritura y las computadoras siempre fueron mundos medio paralelos, y siempre me fui moviendo un poco de un lugar al otro. La matemática, obviamente, también era otro mundo, la universidad de matemática.
-Todo eso en un contexto en el cual la tecnología va migrando. Dicen los que saben que todavía el Startac es tu favorito… ¿Por lo analógico, por lo que implica?
-Me gustaba el ruido que hacía cuando lo abrías. Trato de replicarlo. Tengo un teléfono que se abre también, mirá, pero no hace el ruido. No es lo mismo. El StarTAC, que vos lo abrías así, era otra cosa.
-¿Ese ruido te lleva a alguna imagen de tu vida, a algún contexto?
-Era la época en que estábamos armando Core. Era trabajar mucho, divertirnos mucho. Éramos muy pendejos. Nos pasábamos todo el día en la oficina armando Core, después salíamos toda la noche y al día siguiente arrancábamos a la mañana. Era esa época intensa de fin de la adolescencia, principio de los 20, en la que uno tiene mucha energía.
-Mucha todavía. Ahora también. ¿Está migrando la energía en la medida que pasa el tiempo?
-Hay que regularla de otra manera.
-Bueno, hablando de esa energía, salimos de ese mundo de Core Security y nos metemos en lo que es tu actualidad, que tiene múltiples aristas: la familiar, la de negocio, la de la economía que hoy está primando en el mundo, que es esto de mirar más allá de nuestro planeta Tierra o mirarlo con otra perspectiva. ¿Cuándo decís “voy a democratizar los satélites”?
-Después de Core, yo me fui a armar un fondo de inversión de riesgo, Aconcagua, donde hacíamos inversiones en tecnología en Argentina y en la región.
Es un error bastante común, yo creo, en gente que sale de su primera empresa más o menos exitosa y dice: “Bueno, quiero replicar esto de alguna manera”. Y por ahí ves que la manera de replicarlo es juntar un fondo, invertir en otras empresas y ayudar a otros emprendedores a recorrer un poco el mismo camino. Pero para mí fue un error. Por un lado, creo que era muy temprano.
-¿Qué edad tenías?
-Treinta años. Era un poco temprano. Por otro lado, también tenía todavía demasiada energía. Me sentía incómodo estando del otro lado de la mesa y sentía que me estaba agarrando todo el tiempo para no saltar del otro lado y pasarme yo a hacer cosas.
En algún momento me di cuenta de que no era por ahí, que no era el momento y que quería empezar una empresa nueva.
-¿Cómo se llamaba ese fondo?
-Aconcagua Ventures. Parte de lo que me frustraba de Aconcagua era que yo veía el deal flow, los proyectos que nos llegaban para analizar. Era 2007, 2008, y me resultaba muy deprimente porque decía: “Las mentes más inteligentes de mi generación están dedicadas a pensar cómo venderse publicidad los unos a los otros”. Y decía: “Tiene que haber algo más importante que podamos hacer”.
Entonces, lo primero que hice fue armarme este framework. Dije: “Bueno, si me quejo de los proyectos y de todo, ¿en qué vale la pena trabajar?”.
Terminé armando un framework donde empecé a pensar mucho en la intersección entre la producción y distribución de alimentos, la generación y distribución de energía y la gestión de recursos naturales para poder hacer eso de una manera sostenible.
Y en esa intersección entre alimentos, energía y agua dije: “Acá quiero hacer algo, porque me parece que este va a ser el problema que tiene que resolver nuestra generación”.
Empecé tratando de hacer modelos de toma de decisiones, o sea, cómo tomar mejores decisiones cuando uno tenía que analizar problemas ahí adentro. Y me di cuenta de que lo que nos estaba fallando no era la capacidad de hacer modelos, sino que no teníamos la información. No teníamos los datos para alimentar esos modelos. No podía hacer esto que estamos haciendo ahora, que es mirar el planeta.
Mi ambición era muy sencilla. Ver lo que está pasando en cualquier lugar. Decía: “Quiero poder señalar cualquier lugar del planeta y ver lo que está pasando ahí”.
Decidí atacar ese problema. La verdad es que no empecé pensando en satélites. Empecé pensando en el problema de cómo podías resolver esa pregunta: poner un dedo en cualquier lugar del planeta y saber qué estaba pasando. Y llegué a la conclusión de que la mejor manera de hacerlo era construir una constelación de satélites alrededor de la Tierra que estuvieran siempre cerca de cualquier lugar.
El primero que hicimos fue Capitán Beto. Estábamos probando tecnología, estábamos empezando a hacer. Dos kilos, 20 centímetros, más o menos. El tamaño de una botellita de whisky.
Los que hacemos ahora son más grandes. Los ÑuSat que estamos lanzando ahora tendrán el tamaño de una silla, tienen unos 60 kilos. Estamos haciendo satélites incluso más grandes ahora.
Me voy a Uruguay esta tarde y mañana mandamos el último satélite que hicimos al lanzador. Es un satélite un poco más grande, tiene 120, 130 kilos. Es una nueva constelación que estamos haciendo que nos va a permitir, por primera vez en la historia, tener un mapa completo de todo el planeta una vez por día, a un metro de resolución.
Merlin es el nombre de esta constelación. El primer satélite mañana lo shippeamos, lo mandamos al lanzador. Para la mitad del año que viene va a estar completa esa constelación. Y ahí se va a completar mi visión de Satellogic, que es decir: “Voy a poder señalar cualquier lugar del planeta y saber lo que está pasando ahí”.
Vos vas a poder señalar cualquier lugar del planeta y saber lo que está pasando ahí. Cualquiera lo va a poder hacer. Nos llevó 16 años construir la tecnología, el modelo de negocios y todo lo necesario para llegar a esto. Pero esa era la idea: quiero que cualquiera pueda señalar algún lugar del planeta y saber lo que está pasando.
¿Por qué? Porque creo que los gobiernos, las empresas y las personas tenemos que tomar mejores decisiones sobre cómo resguardamos y cómo manejamos nuestro planeta, de modo de preservarlo para generaciones futuras. Y no podemos hacer eso si no vemos las consecuencias de nuestras acciones. Esa fue la visión original de la empresa.
-Me surgen un sinfín de repreguntas. Porque esto que vos contás tremendamente simple es tremendamente complejo para la mayoría de los mortales. Por ejemplo, ese satélite que veíamos ahí, Capitán Beto, que surge por Spinetta, por la fascinación que tenés por él. ¿Por qué le pusieron ese nombre?
-Le pusimos Capitán Beto. Lo lanzamos en abril de 2013 y el Flaco había fallecido unos meses antes.
-¿Un homenaje?
-Sí, sobre todo fue un homenaje a él. Pero, aparte de la canción, parte de la idea que teníamos era desacralizar un poco esta idea de la tecnología espacial. La gente la mira como si solo la pudieran hacer en la NASA. Entonces nosotros dijimos: “Vamos a hacer un satélite en un garage y le vamos a poner un nombre accesible a todo el mundo”.
La idea de Capitán Beto, que anda por el espacio con su nave hecha en Haedo, nos parecía que era el concepto.
-¿Y después?
-Después fue Manolito, porque también era un cubo. Muy original lo nuestro. Después el tercero se llamó Tita, por Tita Merello.
Después hicimos Fresco y Batata. Hicimos un concurso público y terminamos poniéndole a un satélite Milanesat. Y de ahí en adelante dijimos: “Vamos a ponerles a los satélites nombres de mujeres que han tenido un rol importante en ciencia y tecnología”, para ayudar a empujar la participación de mujeres en ciencia y tecnología. Entonces, de ahí en adelante, empezamos a ponerles nombres de mujeres destacadas en ciencia.
-Pero ahí arrancaste también con esta idea de dar datos y tener datos. ¿Quiénes te acompañaron en el principio? Porque esta idea necesitaba financiamiento. Hablabas de construir satélites en un garage en Argentina. ¿Cómo fue esa construcción de un propósito y conseguir los fondos para poder llevarlo adelante?
-Yo estaba en Estados Unidos cuando arranqué con Satellogic, pero cuando empecé a mirar el entorno regulatorio en Estados Unidos para la tecnología espacial decidí salir de Estados Unidos para hacer la tecnología y volver a Argentina.
Y ahí, la verdad, me dieron una mano importante. Llamé por teléfono a la gente de INVAP. En particular, en ese momento estaba “Cacho” Otheguy, el gerente general de INVAP, y Tulio Calderón estaba a cargo de la parte aeroespacial.
Yo tenía una relación con ellos de antes, de cuando estaba en Aconcagua, porque habíamos visto algunos proyectos juntos. Los llamé y les dije: “Quiero hacer esto”. Tulio me dijo: “Estás loco. Es imposible”. Pero es tan loco como yo, así que me dijo: “Estás en pedo, pero vení, te abro las puertas”.
Entonces me invitaron a instalarme en INVAP. Ocupaba una oficinita abajo de una escalera, estilo Harry Potter, una puertita abajo de una escalera. Y ahí empecé a armar un poquito de equipo. El otro, en ese momento, era el ministro de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao.
-Muy buen profesional, que trascendió gestiones. Un técnico.
-Sí. Realmente un tipo que creo que se la jugó bien en un montón de cosas. Tenía una política que es difícil de sostener en la función pública: pick the winners. Como decir: “Yo voy a apostar por las cosas que me parece que valen la pena”.
Y, en ese sentido, con nosotros se portó súper bien. Fue un impulso grande para Satellogic al principio. Gracias a eso dije: “Bueno, me instalo en Argentina”. También ayudaba que en Argentina la gente técnica me conocía. En cualquier otro lugar del mundo, si me presentaba y decía “voy a contratar gente para hacer satélites”, no me hubieran dado bola. Pero acá me resultaba más fácil contratar.
Terminamos armando un lindo equipo en Bariloche. Después, unos meses después de lanzar el Capitán Beto, nos mudamos a Buenos Aires.
-¿Qué lugar le das a INVAP? ¿Qué lugar le das, por ejemplo, al CONICET? ¿Qué lugar le das a todos estos organismos, al Balseiro, por citar algunos ejemplos?
-El sistema de ciencia y tecnología argentino tiene cosas espectacularmente buenas y cosas malas. En nuestra historia, INVAP fue extremadamente importante. El Ministerio de Ciencia y Tecnología fue importante.
De hecho, yo siempre digo que Satellogic, en gran parte, es el producto de un país que, bien o mal, invirtió durante cuarenta y pico de años en tecnología espacial, a través de gobiernos de distintos signos políticos, detrás de la visión originalmente de Conrado Varotto, que fue el fundador de la CONAE. Invirtió sistemáticamente en un sector que era raro para un país como Argentina.
Y eso formó un montón de gente. Nosotros, en algún sentido, aprovechamos mucho esos ingenieros formados en el sistema científico argentino, en el sistema tecnológico argentino. Así que, en ese sentido, el reconocimiento es enorme. Es una deuda importante.
Por otro lado, la crítica es: eso está perfecto, pero ¿dónde están las 50 Satellogic que tendría que haber en Argentina? Ahí es donde me parece que el sistema científico argentino siempre ha escondido un poco la cabeza cuando llega el momento de decir cómo creamos valor y cómo le devolvemos a la sociedad, en valor real y concreto, toda la inversión que la sociedad hace en nosotros.
Yo soy producto de la educación pública argentina. Tuve un pasaje por un colegio privado, terminé en la secundaria pública, después hice la carrera en la UBA. Soy producto de la educación argentina, pero siento la responsabilidad de devolverle algo al país en función de eso.
Y a veces, en el sistema científico, da la sensación de que la idea de generar valor, la idea de generar riqueza y la idea de devolverle al país de esa manera es algo que les queda ajeno y que deberían hacer otros. Ahí es donde creo que tenemos mucho para aprender todavía.
-¿Por qué le llamaron Satellogic?
-Porque escribí una lista de palabras y la menos peor era esa. Al día siguiente ya se llamaba así.
-O sea, no creías mucho en un equipo de branding.
-Lamentablemente. Podríamos haber hecho mucho mejor trabajo, supongo, pero hoy ya es tarde.
-Partiendo de la serie de El Eternauta, Cuando la tecnología falla, cuando avanza demasiado, lo viejo funciona, lo humano funciona. ¿Qué funciona?
-La buena voluntad. Yo creo que hay algo en ese personaje en particular que tiene que ver con lo que decíamos al principio: entender cómo funcionan las cosas. Lo que funciona es entender cómo funcionan las cosas.
Si uno es un usuario de la tecnología, está bien, pero cuando de repente la tecnología no funciona, ¿qué hacés? Llamás al servicio técnico. Y si de repente no te lo pueden resolver, ¿qué hacés?
Entonces, en ese personaje de El Eternauta hay algo: él es el que desarma las cosas, el que sabe cómo funcionan. Entonces, cuando llega el momento de hacerlas andar, sabe cómo hacerlas andar.
Yo creo que hay algo de la cultura hacker que hablábamos antes que tiene que ver con eso. Hay que desarmar. Si tenés una computadora y no podés mirar adentro y ver cómo está hecha, no sirve.
Es como que ahora comprás un auto y el auto es una cajita con una computadora. Yo me acuerdo de desarmar con mi abuelo el motor del auto, sacar la bujía. Ahora no tenés ni por dónde empezar.
Entonces, yo creo que hay un punto donde alejarse de cómo funcionan las cosas obviamente nos permite disfrutar de un montón de cosas que no podríamos hacer si tuviéramos que saber cómo funciona todo. Pero tiene la contraparte de que el día que llegue el Apocalipsis vas a estar en problemas.
-Sigo con tu modo ficción, con varias películas que tienen que ver con cómo se imaginaba ese futuro o alguna perspectiva. No sé si viste Juegos de guerra.
-Juegos de guerra fue una de las películas más importantes de mi vida, supongo.
-Justamente por eso te la trajimos. “¿Es un juego de niños o es el comienzo de la guerra nuclear?”. Esa era un poco tu infancia.
-Sí. Juegos de guerra es la historia de un chico que hackea la computadora del colegio para cambiarse las notas y termina hackeando una computadora y jugando un jueguito. No se da cuenta de que el jueguito con el que está jugando en realidad es el sistema que controla los misiles nucleares reales.
Entonces está jugando un juego de guerra termonuclear global y, en realidad, están a punto de tirarse los misiles unos a otros. Es muy linda la película. No sé cómo habrá envejecido, creo que bien. La idea de juego me parece central en mi vida, por lo menos.
Obviamente, hablar de Juegos de guerra, con todo el contenido que implica, desde el punto de vista de una película está muy bien. Yo trabajo en el sector de defensa hoy, porque nuestra compañía tiene como clientes a gobiernos y países de todo el mundo. Nuestros clientes son 95% de defensa e inteligencia y, obviamente, es un tema que requiere ser tratado con mucha seriedad.
Hay que separar un poco la parte lúdica que uno tiene resolviendo problemas, mejorando la tecnología y viendo lo que es posible, de la parte de la realpolitik: qué pasa con esa tecnología y cómo se usa.
Esa tensión está en el centro del desarrollo de tecnología desde hace muchísimo tiempo. Obviamente, con el caso de las armas nucleares creo que estuvo puesta en escena de la manera más dramática posible. Con la tecnología de información, hasta cierto punto, con los ciberataques y demás. Y ahora con la IA vuelve a estar en el centro de escena. Esta idea de decir: ¿qué pasa cuando tenemos máquinas autónomas que pueden decidir dónde tirar un misil?
-Eso se relaciona con otra película, que es Yo, robot, que también la viste.
-No vi la película. Leí el libro de Asimov, Yo, robot, cuando era chico, hace muchísimos años.
-Hoy, la idea del robot, conceptualmente, está presente. Waymo y Uber hacen una alianza donde los autos ya son autónomos, sistemas de delivery por el mundo directamente sin personas y aplicaciones que acompañan a adultos mayores para que no tengan soledad. O las fiestas de los abrazos en Silicon Valley, donde los humanos se abrazan para salir un poco de esa locura que hay hoy. ¿Cómo va ese modo de Yo, robot?
-Creo que estamos en un momento súper interesante de la historia. Es la primera vez que las máquinas tienen agencia. Hasta ahora, las máquinas seguían instrucciones. Vos les decías: “Quiero hacer esto”, y la máquina lo hacía.
Hoy las máquinas están tomando decisiones que tienen implicancias sobre el mundo real, sobre la vida de la gente, implicancias económicas, sin tener que consultarle a ningún humano por esa decisión.
Y este es un momento muy especial, independientemente de la discusión de si las máquinas son inteligentes o no, si llegamos a la AGI o no llegamos a la AGI. A lo que sí llegamos, y esto está hoy acá, es a esta idea de que las máquinas tienen un nivel de agencia que las convierte en actores económicos, en actores sociales.
Yo creo que tenemos un desafío importante de cómo regular eso, cómo trabajar sobre eso para crear el marco en el que la humanidad pueda beneficiarse de ese nivel de agencia sin muchos de los riesgos que tiene implicados.
Soy un gran lector de ciencia ficción desde chiquito y siempre tenés en la ciencia ficción las utopías y las distopías.
-¿Y esto es una utopía o una distopía? Pero ahora toma cierta connotación volviendo de la ciencia ficción a la realidad, con toda la tecnología que hay, con las máquinas pensando por primera vez por encima de los humanos. ¿Puede ser esto una realidad?
-Puede ser una realidad. Lo ridículo es que la respuesta es afirmativa. Me gustaría decirte que no, pero hay un universo posible en el que eso pasa.
Yo creo que es muy improbable porque vamos a desarrollar los mecanismos, primero, para alinear la agencia de las máquinas con los intereses de las personas. Y hay gente trabajando, obviamente, sobre esto.
Pero no es algo que se dé de suyo. No es que porque los humanos programaron las máquinas, entonces las máquinas van a estar naturalmente alineadas con los intereses de los humanos. Hay un trabajo de alineación que hay que hacer. Y hay que hacerlo desde la técnica, pero también desde la regulación.
-¿Los gobiernos, el mundo privado, Estados presentes?
-Todos. Hace poco, de hecho, escribí un paper sobre algo que se llamaba “entidades legales autónomas”. La idea es poder crear un marco regulatorio que permita regular la agencia de las máquinas en este mundo que viene.
Acá Federico Sturzenegger lo tomó y presentó un proyecto de ley. Como parte de la Ley de Sociedades hay una parte que habla de la regulación de las entidades autónomas y sé que está inspirada en este paper.
Hay un trabajo para hacer ahí. Estuve el otro día en el Senado charlando con los senadores que están pensando en esta ley, para tratar de darles esta perspectiva.
El país que tome el liderazgo en definir un entorno regulatorio para la agencia de las máquinas tiene una ventaja comparativa gigantesca, porque va a atraer un montón de empresas, va a atraer un montón de creación de valor.
Y se puede hacer bien. Un poco lo que dice mi paper es que hay maneras de hacer esto para que esté alineado, para que sirva no solo para la generación de riqueza, sino para la redistribución de riqueza, y para que funcione como una especie de caja de pruebas, un lugar de pruebas acotado donde las máquinas pueden ejercer su agencia sin escaparse a hacer cosas estilo Terminator.
-Te cierro la filmografía con esto que veíamos cuando éramos chicos, pero que es hoy el futuro. Hay un dato tuyo: que en lugar de pensar el próximo cuatrimestre, vos pensás en los próximos cien años. Te vas a ese futuro que suena muy lejano.
-Trato. Es difícil, porque en este momento da toda la sensación de que estamos prácticamente en el borde de una singularidad y es difícil entender lo que pasa del otro lado.
Hay muchas preguntas, por ejemplo, acerca de cuál es el futuro del trabajo. Uno puede hacer el ejercicio de tratar de posicionarse pre Revolución Industrial y preguntarle a alguien cuál es el futuro del trabajo, y después tratar de explicarle de qué trabajamos ahora. No tenemos ni un lenguaje común para pensar cómo explicarle, no sé, business process outsourcing a alguien de esa época.
Creo que estamos en el borde de que nos pase lo mismo. Que si vamos a hablar con alguien, no sé, con nuestros bisnietos, no tengamos un lenguaje común para hablar de qué es trabajar. Que cambie tanto la naturaleza del trabajo.
Entonces, en ese sentido, algunas cosas son difíciles de mirar más allá de esta singularidad, si querés, o del momento histórico que estamos viviendo. Hay otras cosas en las que uno puede trazar líneas.
Yo pienso mucho en el espacio. Pienso mucho en el rol que el espacio tiene que tener para ayudar a que la vida en la Tierra siga adelante y sea lo mejor posible.
Y ahí hay cosas que uno puede decir tranquilamente mirando a largo plazo. La humanidad tiene que salir del planeta Tierra. La humanidad tiene que construir una economía fuera del planeta que va a ser mucho más grande que la economía del planeta Tierra en sí misma.
Cuando uno mira, hay cosas que se pueden proyectar. Uno puede hacer las cuentas, hacer la matemática y decir: por todas estas razones, si vamos a sobrevivir por los próximos 300 o 400 años, la humanidad va a tener que hacer determinadas cosas, como por ejemplo salir del planeta Tierra.
Hay otras cosas que son más difíciles de ver, como en qué se va a convertir tu trabajo dentro de diez años.
-No sabés ni el mío.
-Ni el mío. Mañana plomeros va a haber, pero no sé si periodistas y CEOs. No sé si va a haber.
-Este es Sam Altman, en un contexto muy particular, cuando anuncia su inversión y cuando habla de IA para nuestro país. ¿Cuál es la oportunidad y qué implica esto para Argentina?
-La oportunidad concreta es que Argentina está muy lejos de los mercados del mundo. Entonces, producir cosas físicas en Argentina y exportarlas es costoso y es difícil que seamos competitivos. En algunas cosas somos competitivos porque la calidad es muy buena. Por ejemplo, la carne. O algún diseñador de ropa puede decir: “Hago un diseño tan bueno que no importa si cuesta un poco más llevarlo al otro lado del mundo”.
Pero hay cosas en las que nunca vamos a ser competitivos. Entonces, aprovechar los recursos que tenemos acá para generar activos que puedan ser exportados con un peso muy bajo, activos intangibles, por ejemplo, es casi lo mejor que podemos hacer.
Parte de eso es el trabajo del conocimiento. Lo que pasa es que la población argentina es relativamente chica y la población que puede trabajar en la economía del conocimiento también es relativamente chica. Entonces, tampoco es que vamos a obtener un sector de economía del conocimiento, desde ese punto de vista, necesariamente tan competitivo a nivel global.
Por eso yo decía: radicar IA en Argentina como entidades económicas tiene la ventaja de que vamos a romper la barrera demográfica y generar, no sé, quizás cientos de millones de entidades económicamente activas contra los ocho millones de personas que hoy pagan impuestos.
Otra manera de ver esto es si podemos aprovechar las condiciones energéticas de la Patagonia, en particular, y de Argentina en general. Sol en el norte, viento en el sur y las cuencas hidroeléctricas que tenemos para generar y exportar cómputo.
Esa es una oportunidad muy grande para Argentina, porque tenemos la posibilidad de generar cientos de gigawatts de energía que pueden ser utilizados para hacer cómputo, y el cómputo se exporta a un valor muy alto. Entonces, uno podría pensar en una vertical de exportación argentina real de decenas o cientos de miles de millones de dólares de cómputo.
¿Cómo hacés eso? Hay que convencer a la gente de que venga a localizar grandes inversiones de capex, grandes inversiones de capital, a un lugar que históricamente no es reconocido por ser el más estable del mundo en términos de atraer inversiones extranjeras.
Entonces, cómo navegar esa oportunidad era un poco lo que estábamos tratando de hacer con Sur Energy, con Matt. Es decir: cómo hacemos para crear el contexto que permita hacer eso. El RIGI, obviamente, era algo que ayudaba, como será el súper RIGI ahora cuando esté, para ayudar a traer ese tipo de inversiones.
Pero, en definitiva, el problema principal de Argentina ahí es el costo de capital. Sacar un préstamo en Argentina para comprar máquinas es mucho más costoso que en cualquier otro lugar del mundo. Y eso termina siendo el principal problema.
Claro, si vos tenés atrás a una compañía como OpenAI, Microsoft, Oracle, Amazon o Google, alguien que pueda poner el balance sheet apropiado en el lugar del mundo apropiado, de repente conseguir los recursos para construir data centers en el país no parece tan ridículo.
Y ese fue el origen del proyecto. Yo creo que la oportunidad está intacta. OpenAI tiene sus propias cuestiones y ellos tienen que resolver el pacing de sus propias inversiones para ver si hacen Argentina primero versus UAE, versus lo que están haciendo. Pero, independientemente de OpenAI o no OpenAI, seguro que la oportunidad de Argentina es real y es muy concreta.
-Peter Thiel es un personaje que hoy está muy presente en los diálogos de emprendedores y empresarios. Hace pocos días vos retuiteaste algo vinculado con un artículo que había salido de él y una postura que tomó Pola Oloixarac en su modo escritora, no en modo familia. ¿Qué opinión te merece Peter Thiel y por qué es importante?
Peter, a mí me parece un gran pensador. Cuando mirás Silicon Valley hay mucha gente que hace cosas, pero gente que haga cosas y que piense sobre las cosas que hace es un poco más difícil.
Peter es un caso especial porque tiene una cabeza muy interesante. Es un gran pensador. Tiene una formación humanística que creo que aporta algo interesante al lugar desde el que piensa las cosas.
Después tiene un costado súper teológico. Su idea del Anticristo. Pero yo creo que hay algo ahí que hay que tratar de entender desde su punto de vista. Hay que tratar de entender lo que está diciendo, que yo creo que es muy cierto y que es un problema real.
Lo que a él le preocupa es que, por un lado, tenés el Armagedón, que es la posibilidad de una catástrofe global que históricamente uno pensaba que podían ser las armas nucleares. Una explosión nuclear de Juegos de guerra.
Y, por otro lado, tenés los mecanismos que creamos para regular y para que no pase eso. Entonces él dice que la inteligencia artificial ahora nos pone en una situación similar, donde de un lado tenés Terminator 2, o sea, Armagedón, y del otro lado tenés gente que va a pensar que la única manera de impedir eso es centralizar el control de la inteligencia artificial en unas pocas manos que tomen las decisiones acerca de qué se puede hacer y qué no se puede hacer.
Y a eso es a lo que él llama el Anticristo. La idea de que una organización surge porque dice: “Te voy a proteger del Armagedón, te voy a proteger de lo que te puede destruir”, y te va a proteger creando algo que, en definitiva, te termina atando y controlando desde otro lado.
Entonces yo creo que esa tensión es real, existe en el mundo de hoy y está exacerbada por el tema de la inteligencia artificial, pero existía también antes.
Justamente, en el paper que escribí hace unos meses, que hablaba de entidades legales autónomas, lo que decía es que tenemos que tratar de encontrar el camino del medio que nos permita esquivar estas dos cosas.
Hay trabajos de economistas que han trabajado sobre esto, en particular Elinor Ostrom, que fue Premio Nobel de Economía y derribó un poco la idea de The Tragedy of the Commons, la tragedia de los comunes. Yo creo que eso da señales acerca de por dónde se puede construir un esquema de regulación que sea policéntrico, que no dependa de una organización central y que pueda permitirnos esquivar estos dos escenarios de los que habla Peter, que me parece que hay que tomarlos en serio.
-Hablando de amistades, quiero preguntarte sobre Mat Travizano, que lamentablemente falleció en 2025. ¿Qué te genera, por un lado, esta imagen de la finitud en un universo que no parece finito y, por otro, la de la amistad explícita?
-Sí. Es difícil. Todavía no proceso lo de Mat. Hace un poquito menos de un año que falleció. Era un hermano de la vida.
Pero si hay algo que me hizo pensar este tiempo es eso. No voy a descubrir nada, pero tiene que ver, por un lado, con poder disfrutar esos momentos y recordarlos. Disfrutar de los momentos con los que uno quiere y con los amigos.
Hoy vivo en Barcelona y mis amigos están distribuidos por todo el mundo. Pero hay que tomarse el tiempo, el trabajo de ir, de estar, de escribir. El tiempo pasa rápido y uno no se da cuenta.
Por otro lado, creo que hay algo que para mí siempre estuvo en la base de lo que hablábamos antes: divertirse, lo lúdico. Para mí tiene que ver también con esta idea de que tenemos que encontrar un lugar como personas desde el que sintamos que estamos aportando la mayor cantidad de valor posible al mundo.
Y creo que, si uno encuentra ese lugar, hay que festejarlo, disfrutarlo y jugar el juego. No tenemos mucho más.
-En línea con eso, tu pareja es una brillante escritora, Pola Oloixarac, también muy inteligente, muy ácida, muy leída, muy distinta, como sos vos. Y Asia es el producto de estas dos mentes brillantes. ¿Qué futuro te gustaría que tenga Asia?
-Ojalá tenga un futuro abierto para hacer lo que quiera. Hoy, hablando con ella, me dijo que quiere ser bióloga marina. Así que está enfocada en que salvemos a las vaquitas, que son los mamíferos marinos más pequeños, de los que quedan diez en el mundo, en la costa del Golfo de México.
Me preguntaba cómo podíamos usar los satélites para tratar de ayudar a las vaquitas en el Golfo de México.
-¿Cómo la desarmás en el diálogo o cómo te desarma ella a vos cuando hablás de esta relación de padre e hija?
-Tenemos una relación muy cercana y muy linda. A mí me divierte mucho y me emociona verla descubrir cosas. Ver el proceso de descubrimiento y tratar de acompañarlo.
Y me gusta que tenga sus propias cosas. La madre escritora, el padre en satélites y ella quiere ser bióloga marina. Me parece bien que encuentre ese camino. Quiere ser bióloga marina y, por supuesto, cantante de pop también. Me encanta que siga ese camino. Tiene una banda de rock ahora.
-Satellogic hoy, ¿qué es? Porque fuimos desde ese sueño de los satélites pequeños del garage hasta una fábrica en Uruguay. ¿Cuántos tienen ya en el espacio?
-Lanzamos 58 satélites. Estamos operando 17 en nuestra propia constelación. También les vendemos satélites a clientes.
Lo que decimos es que estamos construyendo la infraestructura para hacer inteligencia global de manera persistente. Básicamente, es lo que yo quería hacer: apuntar a un lugar y saber lo que está pasando.
-Este mes tuvimos la tragedia, por ejemplo, en Venezuela por un fenómeno que surge de la Tierra; hace pocos días, en Colombia. Hoy hubo noticias en China y también en Japón. ¿Para ese tipo de cuestiones también va a ayudar lo que están haciendo?
-Ya ayuda. Ya estamos usando los satélites hoy en este tipo de situaciones. Cuando hay emergencias o desastres naturales, toda la constelación de satélites que tenemos se pone a disposición de las organizaciones que están trabajando en eso. Eso ya lo hacemos hoy.
Creo que, a medida que tengamos más satélites, lo que vamos a permitir es que no solo haya un puñado de organizaciones con nuestra información, sino que esa información esté al alcance de todo el mundo.
-El hombre volvió a la Luna y, después de mucho tiempo, comenzó a sobrevolarla. ¿Qué va a ser la Luna en nuestro futuro cercano? ¿Es ciencia ficción pensar que vamos a ir a otros planetas, que vamos a ir a la Luna?
-Yo creo que la Luna no es ciencia ficción. Me parece que va a ser probablemente la primera base ocupada o habitada de manera permanente fuera de la Tierra.
-¿Y lo vamos a vivir en nuestra generación?
-Sí. Lo vamos a vivir en los próximos 15 años. Me parece que después de eso vamos a ver mucho más trabajo alrededor de la Tierra, en la órbita de la Tierra y en el espacio entre la Tierra y la Luna, lo que se llama el espacio cislunar. Yo creo que ahí se va a desarrollar la economía de los próximos 150 años.
-¿Por qué hoy la economía espacial es un tema? Cuando vos empezaste no se hablaba. Hoy las grandes mentes internacionales y también las locales, como vos, están mirando el universo como economía más que como negocio. ¿Por qué?
-Creo que hay una combinación de trends, de factores. Los más importantes tienen que ver con el abaratamiento del costo de lanzamiento. Son temas técnicos.
Mi visión profunda es que durante muchos años la tecnología espacial fue una tecnología de posguerra controlada por organizaciones gubernamentales. Lo que pasó en los últimos 15 o 16 años, con SpaceX, con nosotros y con todas las compañías que vinieron después, es que los amateurs, estos hackers, empezaron a apropiarse de esta tecnología y a construir un montón de cosas que los Estados no construyen.
Así como Internet y los teléfonos celulares son infraestructura de tecnología de la información que fue construida a partir de amateurs, de hackers como Steve Jobs, Steve Wozniak o Alan Kay, que empezaron a agarrar la tecnología de posguerra de procesamiento de datos, las computadoras que se habían hecho para descifrar Enigma, y la transformaron en las computadoras de escritorio, creo que está pasando lo mismo en la industria espacial.
Es algo que hace 15 o 16 años parecía ciencia ficción. Pero ese poder de democratización de una tecnología, cuando la tecnología empieza a estar en manos de la gente, como el personaje de El Eternauta, se combina, se reconvierte y sale en otras cosas. Esa es la explosión que estamos viviendo.
-Cinco últimas, con respuestas de un tuit. El tema del envejecimiento poblacional como tal y la expansión de la vida: ¿creés que se va a extender mucho más allá de lo que estamos viendo hoy?
-Espero que sí, porque me gustaría divertirme muchos años más.
-¿Pero creés que se va a avanzar ahí?
-Creo que va a haber avances. ¿A qué velocidad? No sé. Pero, en principio, lo que yo he leído parece indicar que hay muchas direcciones interesantes de avance en los próximos 10, 15 o 20 años.
-Si vos le decís al Emiliano de hace 30 años cuál va a ser su camino, cuando estabas con la computadora, ¿te imaginabas que ibas a llegar a donde estás hoy?
La verdad es que la parte espacial a mí me sorprendió. No me la esperaba. No me imaginaba.
Supongo que la visión que yo tenía de mí mismo era un poco más de científico. Por ahí estar en un pizarrón haciendo cuentas. Pero no se dio.
-Y al revés: al futuro, en 20 años, ¿dónde te ves?
-Me gustaría estar haciendo proyectos a escala planetaria, o un poquito más allá.
-Dos últimas. ¿Qué es lo que te hace más humano?
-Mi hija, sin duda.
-¿Qué es lo que te hace más robot?
-La vida.