River encuentra en Almada y Correa una sociedad para recuperar la estima futbolística
Y después de largo tiempo, el Monumental una noche dejó de ser tierra de pesimismo y ofuscación. Cambió la pálida de las derrotas por una victoria que era un insumo tan necesario como el aire ...
Y después de largo tiempo, el Monumental una noche dejó de ser tierra de pesimismo y ofuscación. Cambió la pálida de las derrotas por una victoria que era un insumo tan necesario como el aire para respirar. Se volvió a gritar goles en un ambiente en el que solo se proferían insultos. Los brazos que en partidos recientes se alzaban para señalar a futbolistas cuestionados, ahora se levantaban como símbolo de euforia y, sobre todo, de alivio. La situación era poco menos que insostenible. Tras la derrota frente a Tigre, Coudet se puso plazos cortos, reconoció que el fusible más inmediato iba a ser él si no se cortaba la hemorragia de derrotas.
Después de una sonrojante eliminación en la Copa Argentina ante Aldosivi y de cuatro caídas en fila en el Clausura, llegó la primera victoria. Y también los primeros goles. Parece increíble que River no lo lograra antes, que demorara tanto en arrancar, en demostrar algo y sembrar alguna ilusión. Hizo falta que por primera vez se juntaran Thiago Almada y Ángel Correa, las dos contrataciones más estelares. Dos individualidades a los que no les quema la pelota, quizá el peor mal que aquejaba al equipo.
Correa participó en el primer gol y le cometieron el penal que convirtió. Puntos altos de una individualidad que ofensivamente se puso el equipo al hombro durante varios pasajes. Almada también intervino en el 1-0 de Montiel y su desparpajo es una bendición para un equipo que viene atenazado por los nervios y las urgencias. Con la sociedad Correa-Almada, que además son compinches fuera de la cancha, River se distiende y relaja en el buen sentido, hay una vibración positiva.
Lo mejor de River vs. ArgentinosRiver no podía demorar un segundo más la obligación de empezar a reflejar su millonario mercado de pases en la cancha, en juego y resultados. El amplio crédito de la tesorería para traer refuerzos lo venía dilapidando un equipo sin respuestas, atónito en varios partidos. La llegada de Thiago Almada, cuyos 20 millones de dólares lo convirtieron en la contratación más alta de la historia en el fútbol argentino, oficiaba como una bisagra más en este River sumido en la impotencia y la desorientación. Como ocurrió con otras contrataciones, el campeón del mundo en 2022 fue titular tras un puñado de prácticas con sus nuevos. Los tiempos de espera en River se redujeron drásticamente y los de adaptación necesariamente se aceleraron.
Para dejar atrás cuatro derrotas consecutivas, Coudet recurrió a una quinta formación con novedades. Lo único que se mantiene estable es la composición de la defensa -con la excepción de Ortega por el lesionado Acuña-, no tanto porque ofrezca sobradas garantías, sino porque individualmente sugiere un potencial que no siempre se traduce en solidez colectiva. Pero ante Argentinos hubo solidez en la zaga, Martínez Quarta no cayó en errores.
Del medio hacia adelante hubo un reacomodamiento. Freitas se paró como un carrilero por la derecha, en la doble función volante/extremo; Almada tuvo punto de partida sobre la izquierda, con tendencia a cerrarse para participar en la elaboración del juego; Andrada, como auxiliar de Moreno, tenía la misión de soltarse, y la doble punta de ataque quedó para Correa y Lucas Beltrán.
Fue Correa el que de arranque intentó contagiar con atrevimiento y conducción, dentro de un equipo en el que pocos se sueltan y varios sienten el peso de la responsabilidad por el pésimo arranque del semestre. El partido entrañaba serios riesgos. River había defraudado contra rivales inferiores a este Argentinos, que llegaba al Monumental como líder, con puntaje ideal y un estilo de juego reconocible y afianzado. La estricta actualidad indicaba que el Bicho, con menos nombres que River, es mejor equipo por funcionamiento. Y a su favor tenía la posibilidad de especular con el estado de ansiedad del conjunto de Coudet.
Durante gran parte de la primera parte, River siguió lidiando con la escasa fluidez en el juego. Mostró voluntad para salir adelante, se percibían ansias de recuperación, de reivindicarse ante su gente. Buenas intenciones, no siempre canalizadas correctamente. Argentinos estaba tranquilo, a veces demasiado, sin exigirse mucho en hurgar en las debilidades que arrastraba River.
Si se trata de empuje y corazón, Montiel está en los primeros puestos de esa lista. Mientras Lucas Beltrán sigue sin tener peso en el área, el lateral derecho apareció como centro-delantero para aprovechar la pelota que había quedado suelta y poner el 1-0. River le ponía fin a una sequía de 399 minutos sin convertir. Una eternidad para un equipo que venía batiendo todos los récords de rachas negativas.
En el segundo tiempo, River cuidó la ventaja con algunos temores. El típico miedo del equipo que se desacostumbró a ganar, que todavía no terminó de espantar los fantasmas, que volvieron a revolotear con un remate de López Muñoz en el travesaño y algunas llegadas insinuantes del Bicho. Coudet también sintió algo de vértigo e hizo cambios para reforzar la contención (Vera por Freitas y Rivero por Almada).
River se encaminaba a cerrar con sufrimiento la victoria. Hasta que Correa siguió su instinto, encaró, se sacó dos rivales de encima y Florentín le cometió penal. Fue el 2-0 y quedaban, con el descuento, ocho minutos por delante para que el equipo, ahora sí, le sacara kilos a la mochila de la frustración. Festejaron todos juntos, titulares y suplentes, porque el momento crítico de River necesitaba de todos para empezar a sacar la cabeza del pozo.