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Una lúcida mirada a la historia de la cultura occidental

Los grandes historiadores suelen escribir excelentes obras de síntesis. Sobre todo cuando al conocimiento sólido y la larga reflexión suman el talento para expresarlo en una escritura clara, flu...

Los grandes historiadores suelen escribir excelentes obras de síntesis. Sobre todo cuando al conocimiento sólido y la larga reflexión suman el talento para expresarlo en una escritura clara, fluida y estimulante; de esas que evocan en el lector a los protagonistas de una historia viviente.

Esa excepcional capacidad caracteriza el Estudio de la mentalidad burguesa de José Luis Romero, un libro breve que ahora se reedita en versión ampliada y en el que el autor sintetiza su compleja interpretación de la historia de la cultura occidental, desde sus orígenes en el Imperio Romano tardío hasta el siglo XX, tan creativo como conflictivo y desconcertante. Esta mirada de largo alcance se organiza en torno de un tema: la mentalidad burguesa, gestada inicialmente en el seno de la burguesía medieval y convertida a lo largo de los siglos en el eje estructurador del proceso histórico de Occidente.

Este ensayo remite a un proyecto muy ambicioso sobre la historia del mundo occidental, que quedó inconcluso. José Luis Romero completó los dos primeros volúmenes: La revolución burguesa en el mundo feudal y Crisis y orden en el mundo feudoburgués, que llega hasta el siglo XIV. Parte de la misma hipótesis es Latinoamérica, las ciudades y las ideas, editado poco antes de su inesperada muerte, en 1977. Poco antes Félix Luna había publicado Conversaciones con José Luis Romero, que resultó ser una suerte de testamento intelectual del gran historiador.

En este carácter inconcluso de lo que debía ser su gran obra reside el interés de Estudio de la mentalidad burguesa, un libro que hemos editado en 1987 -diez años después de su muerte- sobre la base de un curso dictado en 1971 que, casual y afortunadamente, había sido grabado. Cuarenta años después, presentamos una nueva edición, para la que hemos revisado y pulido el original, y agregado un texto breve sobre la ópera barroca, donde explicita un punto central de su perspectiva madura: lo que llamó el “encubrimiento”. En su Estudio preliminar -otra novedad- el eminente historiador José Emilio Burucúa explica con precisión la riqueza interpretativa de este original concepto.

La mentalidad burguesa

El tema del curso es vasto y ambicioso: el desarrollo de la mentalidad burguesa, desde su constitución en el siglo XI hasta su crisis en nuestro siglo. Supone examinar no sólo toda la cultura occidental, cuyo meollo es la mentalidad burguesa, sino también considerar, en alguna medida, todo el mundo actual, marcado por su expansión global.

Esta síntesis, no siempre pareja, refleja el avance alcanzado en la construcción de una interpretación en desarrollo. Pero también testimonia su interés por ciertas coyunturas en las que ocasionalmente se detenía, referidas sobre todo a los momentos del cambio, del surgimiento de una nueva mentalidad. Como ha dicho el historiador italiano Ruggiero Romano, “su idea -que era casi una obsesión- era la de sorprender el momento, el instante fugaz de una sociedad... el de un nacimiento en el seno de una crisis”.

José Luis Romero desarrolla con amplitud ese nacimiento de la mentalidad burguesa hacia el siglo XI -el “año Mil” de G. Duby- en el marco del mundo cristiano feudal dominante. Las líneas principales, desarrolladas extensamente en La revolución burguesa en el mundo feudal aparecen aquí planteadas en forma clara y categórica. En un proceso secular, el mundo nuevo se va enfrentando gradualmente con el mundo viejo. Las tensiones conducen a un primer equilibrio transaccional hacia el siglo XIII; subrayando su carácter combinado, el historiador lo define como “Orden feudoburgués”. En el siglo XIV ese equilibrio entra en crisis, que conduce a un reordenamiento del mundo feudoburgués con tensiones diferentes, que alcanzan un nuevo equilibrio hacia el siglo XVIII.

El período inicial, de franco y desembozado surgimiento de una mentalidad burguesa de inocencia edénica, se interrumpe en el siglo XIV. En las elites feudoburguesas aparece la preocupación por las proyecciones últimas de esas nuevas ideas, que lleva a algunos -como Savonarola- a un rechazo militante y a otros, como Rabelais, a una asunción plena y categórica.

Pero la línea intermedia, que domina hasta el siglo XVIII, es la de la moderación, el disimulo, el enmascaramiento. Un excelente ejemplo es el arrepentimiento de Galileo, quien luego de renegar de sus ideas ante la Inquisición, habría murmurado “eppur si muove”, “y sin embargo, la tierra se mueve”. Esta es una de las formas del “encubrimiento”, una de las ideas más sugestivas que se desarrollan en el texto.

En el siglo XVIII la mentalidad burguesa aparece plenamente desarrollada. Es la Ilustración, en sus diferentes dimensiones: las ideas del hombre, la sociedad, la naturaleza, la ciencia, la ética y la historia, y finalmente, la idea de Dios. En cada uno se esos campos Romero contrasta las ideas claras y distintas de Descartes, Kant, Bacon, Locke o Rousseau con las experiencias iniciales que las sustentan; esas que rastreó desde el siglo XI y que en el siglo XVIII, ya maduras, se afirman en el imaginario social.

El siglo XIX, de esplendor de la mentalidad burguesa, es tratado someramente, buscando otra vez los puntos de ruptura, los incipientes desarrollos contradictorios, como el romanticismo. Sorprenderá que se soslaye el tema de la mentalidad revolucionaria y antiburguesa, quizá porque sus contenidos, ampliamente desarrollados en su libro El ciclo de la revolución contemporánea, de 1948, son ajenos al tema central de este estudio.

Quizá también porque, frente a la habitual contraposición algo mecánica entre un mundo burgués y otro proletario y socialista, presentados en términos absolutamente alternativos, José Luis Romero en su madurez prefería observar el nacimiento del nuevo mundo en el seno de la propia crisis interna de la mentalidad burguesa. Por ejemplo en la reacción anti ilustrada de algunas corrientes románticas.

Otra vez, antes que la revolución dramática, busca el momento sutil del cambio, en el que el sentimiento del agotamiento de una estructura y la confusa y contradictoria búsqueda de alternativas aún no han plasmado en una nueva mentalidad.

A partir de la Primera Guerra Mundial, la crisis de la mentalidad burguesa es tratada con más detalle. En la primera posguerra la descomposición de sus grandes columnas se manifiesta en las artes y la letras: el cubismo, el atonalismo, el fluir de la conciencia, el existencialismo son temas clásicos de la crítica de la Modernidad. Pero en los años de la segunda posguerra que vivió, Romero encontró un ángulo novedoso: el disconformismo contemporáneo, el de los Beatles o el Mayo francés, y más en general, el descontento de las masas incorporadas, que buscan a sus voceros. En ese sentido, su Estudio tiene un final abierto e incierto. Tan incierto como sigue siendo, para nosotros, nuestro futuro y aún nuestro presente.

El concepto y la escritura

Junto con el análisis específico de la mentalidad burguesa, expone otro de los problemas que desarrolló a lo largo de su vida: cómo precisar conceptualmente su objeto de estudio, con su estructura y su dinámica. Lo denominó la “vida histórica”, y debía equivaler, en el campo de las ciencias humanas y sociales, al de “naturaleza” en las ciencias físico-naturales.

En el centro de ese concepto se encuentra la relación -siempre compleja y multidireccional- entre lo que denominaba a veces orden fáctico y orden potencial; otras, estructura real y estructura ideológica, o más simplemente, sociedad y cultura. Trataba de precisar, sin esquematizarlas, las relaciones entre las situaciones sociales, los sujetos y sus representaciones, ya sean las mentalidades, ricas y difusas, o las ideologías, precisas y sistemáticas.

La relación entre estos imaginarios y las situaciones reales no se reduce a un sentido único. A veces las ideas moldean vigorosamente los imaginarios; en ocasiones explican y legitiman una situación; en otras se distancian de esas situaciones, las enfrentan críticamente, proyectan una alternativa y movilizan la acción de quienes se identifican con ella.

Esta relación compleja y cambiante de dos órdenes de fenómenos reales -lo fáctico y lo imaginario- resulta sin duda de actualidad hoy, cuando en estos temas se ha abandonado el reduccionismo rígido y algo ingenuo que dominó hasta cuatro o cinco décadas atrás. Hoy el gusto por las determinaciones unilineales es escaso y, en general, ha desaparecido la subestimación de los fenómenos ideológicos y culturales, otrora remitidos al rincón de las “falsas apariencias”.

Pero aquel fue el mundo en el que vivió José Luis Romero. No encajaba bien -tampoco mal- ni con marxistas ni con braudelianos. El programa de la historia de la cultura -con el que identificó en la década de 1950 su emprendimiento más entrañable, Imago Mundi. Revista de historia de la cultura- resulta hoy, paradójicamente, un programa de avanzada en las ciencias sociales.

El estilo del historiador, su forma de entender la historia, se manifiesta también en su escritura. Lejos de la oscuridad -a veces espontánea, a veces deliberada- de muchos escritores, los textos de José Luis Romero son claros, casi transparentes, accesibles en una primera lectura. Pero no son simplistas. Lecturas sucesivas van mostrando la complejidad de su análisis, la manera de hacer jugar diferentes procesos, de ritmo distinto y predominancia cambiante. Historiador de procesos, antes que de estructuras fijas, prefiere los tiempos verbales continuos, los imperfectos, los gerundios, que dan cuenta de la fluidez de la historia.

Pero los procesos se presentan a través de sus actores: los hombres que viven, actúan, hacen su historia, generalmente sin saberlo. Sus libros recrean la historia viviente, como lo hacen los grandes novelistas con sensibilidad histórica, como Balzac, Pérez Galdós o Jorge Amado, que siempre me parecieron sus modelos.

Estoy hablando de un historiador fallecido hace cinco décadas. Creo que José Luis Romero ha superado el habitual olvido que sigue a la muerte, cuando surgen otras tendencias y nuevas escuelas y los temas se renuevan; como es usual en nuestro oficio, todo buen estudioso comienza por despegarse de sus maestros intelectuales, los cuestiona o simplemente los ignora. La figura de José Luis Romero transitó esa etapa. Hoy es alguien que sigue teniendo cosas que decir a sus nuevos lectores. Están, naturalmente, quienes estudian cuál fue su lugar en la evolución de la historiografía. Pero es más que eso: sus textos siguen inspirando lecturas novedosas. Esto puede notarse en las contribuciones de jóvenes historiadores, que encuentran en alguna parte de sus textos el respaldo para sus nuevas ideas. En suma: creo que hoy se lee a José Luis Romero como un clásico.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/una-lucida-mirada-a-la-historia-de-la-cultura-occidental-nid07112026/

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