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“Superlongevos”: llegaron a los 100 años con una vitalidad extraordinaria y cuentan sus experiencias

Hay, en la Argentina, hombres y mujeres que vivieron todos los mundiales de fútbol, todas las dictaduras militares, la popularización de la radio, la segunda guerra mundial, el voto femenino, el ...

Hay, en la Argentina, hombres y mujeres que vivieron todos los mundiales de fútbol, todas las dictaduras militares, la popularización de la radio, la segunda guerra mundial, el voto femenino, el surgimiento de la televisión y, más acá en el tiempo, el boom de internet y los celulares; incluso, la explosión de las redes sociales. Son los centenarios, aquellos que pisan o incluso han pasado el siglo de vida. Según registros de enero de 2025 de la Dirección de Población del Registro Nacional de las Personas (Renaper), el número total de personas de más de 100 años de edad en la Argentina es de 8405. El total se subdivide en 6274 mujeres y 2131 hombres. Se trata de “personas identificadas con DNI con proceso digital, libreta celeste o tarjeta”.

Así, cada vez más expertos hablan de una “nueva longevidad” para referirse a la transformación demográfica que se inició a mediados del siglo XX y que tuvo como resultado un aumento de la esperanza de vida en todo el mundo. “Las vidas de 100 años dejaron de ser una excepcionalidad”, afirma Mercedes Jones, socióloga y especialista en longevidad de la Universidad de San Andrés. En su visión, la población centenaria crece más rápidamente que la población general y comienza a constituir una nueva realidad que “nos obliga a pensar que es muy probable que muchos de nosotros lleguemos a ser personas centenarias”.

De hecho, la esperanza de vida en América Latina pasó de 58,5 años en 1970 a 76 años en 2025. Es decir, en poco más de medio siglo se ganaron casi dos décadas de vida. Sin embargo, la experta aclara: “Vivir más no se debe simplemente a que nos cuidamos mejor. Lo que cambió es el ecosistema social que hace posible sobrevivir y llegar a edades cada vez más avanzadas”.

Alexandre Kalache, uno de los mayores expertos internacionales en la materia, afirma que la longevidad es la gran conquista social del último siglo. Desde esa perspectiva, si la primera revolución de la longevidad significa, en términos concretos, que hemos conseguido vivir más que en ninguna otra época de la historia, actualmente la humanidad transita una segunda revolución.

“Es la era de la longevidad positiva, que nos desafía a que, además de vivir mucho, logremos vivir bien”, afirma Mercedes Jones.

Aquí, tres centenerios comparten su experiencia.

Alberto de cien

Alberto Chab nació en Cuba, el 26 de julio de 1927. Tiene 99 años. Eso significa, dice, que ya está viviendo su año número 100. “Por eso soy @albertodecien en Instagram”, afirma sobre la cuenta en la que tiene 136 mil seguidores.

Llegó a la Argentina a los cinco años, cuando su familia huyó de la isla por la disentería, enfermedad que se había llevado la vida de dos de sus hermanos. “En esa época, preantibiótica, era una sentencia de muerte”, afirma. Su abuela y sus padres, oriundos de Damasco, Siria, junto a sus otros dos hijos –Jack y él– comenzaron un largo viaje que cruzó el canal de Panamá y desembarcó en Lima, Perú. Desde allí, el derrotero de la familia continuó por tierra hasta llegar al barrio porteño de San Telmo, donde Alberto cultivó sus primeros recuerdos.

“Llegamos en la más absoluta de las precariedades. La miseria no era una metáfora, realmente no teníamos para comer”, cuenta. “Ahora es lujo y turismo, pero en ese entonces San Telmo era el barrio más pobre de Buenos Aires porque estaba cerca del puerto, lleno de estibadores, frigoríficos, obreros y conventillos”, describe. Y recuerda que su padre logró conseguir un “inquilinato”, un espacio donde las chapas tapaban un viejo patio. “No había baño y la cocina era a leña”.

El hambre apremiaba. Alberto y su hermano tuvieron que ir a trabajar a la antigua Feria Permanente Municipal, ubicada en la calle Bernardo de Irigoyen, a cuadras de la actual Plaza Dorrego. Allí vendían objetos de mercería –hilos, elásticos, horquillas, peinetas– que llevaban en una lata. “Las señoras nos veían tan pobres que nos compraban un carretel de hilo y olvidaban llevárselo”.

La educación, sin embargo, no fue un obstáculo para Alberto, pese a que la directora de la Escuela Dr. Guillermo Rawson le reprochara que fuera a clase con zapatillas rotas. Él había aprendido a leer y escribir tempranamente porque su padre pertenecía al sector del judaísmo de los grandes rabinos, para el cual era importante que los niños varones aprendieran lectoescritura lo antes posible para comprender los libros sagrados. “Mientras los chicos hacían palotes, yo me aburría. Me llevaba pedacitos de diarios para leer debajo del pupitre”.

Esa misma curiosidad lo llevó a interesarse por el psicoanálisis en la adolescencia, cuando quedaba al cuidado del kiosco de la esquina mientras el dueño repartía los diarios y revistas. “Yo era feliz porque podía leer todo sin comprar nada. Y un día, con 15 o 16 años, me encontré con el libro Introducción al psicoanálisis, de Sigmund Freud. Lo empecé a leer y dije ‘yo quiero esto para mí’”.

Para ser médico psicoanalista primero Alberto tenía que ser médico y, antes, terminar la secundaria, que nunca había empezado. Ambas trayectorias educativas tampoco fueron un problema. Terminó la secundaria en un año y nueve meses, y luego estudió medicina de forma libre mientras trabajaba como encargado de sanidad a bordo de lanchones cargueros.

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Una vez recibido tuvo varios empleos: controlador de ausentismo en empresas, médico de guardia en el Gran Buenos Aires, psicoanalista de niños y, finalmente, de adultos. “Trabajando con la terapia fui demasiado exitoso... Empecé a trabajar diez horas por día y me perdí la infancia de mis hijos: hablar con las maestras, con el pediatra, ir con ellos a la plaza, contarles un cuento a la noche. Llegaba cuando ya estaban dormidos y me iba antes de que se despertaran. Fue una etapa que tuvo su anverso y reverso. Por las premuras económicas que viví de chico, privilegié el buen vivir de mis tres hijos y mi esposa Silvia, que me cubrió en lo que yo no podía hacer”.

Con el tiempo, sin embargo, Alberto logró darle una vuelta al ejercicio de su profesión. Ahora sigue trabajando como psicoanalista en su consultorio de Núnez, pero solo diez horas por semana, atendiendo pacientes de su generación.

Hace algunos años, empezó a sentir que se iba quedando sin amigos. “En una cena quise hacer una broma, que no causó ninguna gracia. Dije que mis amigos habían tenido la mala idea de morirse”. Fue entonces que su nieta Zoe le dio la idea de grabar un video para formar un grupo de gente +90 e intercambiar experiencias. “Lo subió a Tik-Tok, cosa que nunca había escuchado. Para mí tic-toc era esto . En un día recibí más de 2000 propuestas de gente de Buenos Aires, del interior, Chile, Uruguay, Colombia, Perú y Canadá. No lo podía creer”.

Hoy, el grupo de nonagenarios está integrado por 10 personas que se reúnen cada 15 días y que se convirtieron en amigos. Mientras tanto, continúa su rutina diaria. Desayuna, hace gimnasia, come muchas frutas y verduras (es casi vegetariano porque come pescado periódicamente), escribe y medita. Cuenta con orgullo que camina 6000 pasos por día y muestra la aplicación desde su celular como prueba.

Marta, al volante

“Tengo 100 años, manejo mi auto y mi empresa. Ávida lectora. No me gusta ir al médico. Tomo vino y mate todos los días”. Así se define Marta Beatriz Echaul en la biografía de su cuenta de Instagram, @abuelamarta1925, a la que siguen 146 mil usuarios.

A pocos días de cumplir un año más, el próximo 13 de septiembre, Marta le concedió a LA NACION una entrevista vía Zoom desde su casa. Podría haber sido en las oficinas de su empresa de transporte y logística, ubicada en Pompeya, pero hace algunas noches se golpeó levemente mientras caminaba dormida. “Soy sonámbula desde siempre”, confiesa.

Marta vivió gran parte de su vida en Once, barrio al que recuerda por el tranvía que pasaba pegado a la vereda, por el oficio de su padre (comerciante) y por las vacas lecheras, que cruzaban como quien ahora atraviesa la senda peatonal que separa la boca del subte A de la estación de trenes.

En su juventud sintió el deseo de ser médica cirujana porque le interesaba “todo lo que tenemos dentro”, pero no tuvo el visto bueno de su familia. “Era hija de padre árabe, que no podía concebir que viera el cuerpo de un hombre desnudo”, cuenta. Sin embargo, cuando tenía 20 años pudo convencerlo de que le comprara su primer auto, un Cadillac. “No fue fácil, pero lo logré. De ahí en más, el volante fue la extensión de mis brazos. Me han mandado a lavar los platos, pero no me importaba. Soy fierrera”, remata.

Y vaya que lo es. Luego de desayunar y ver “los noticiosos”, maneja todos los días un Toyota Yaris desde su casa de Retiro hasta la sede de su empresa, Santa Marta, en Pompeya. “Me acompaña un caramelo de miel a la ida y otro a la vuelta”, detalla. Si bien es la jefa, aclara que cuando llega a la oficina le gusta preguntar en qué puede ayudar, qué trabajo hay para hacer. “Tengo carácter fuerte, pero no hay que confundir. No se necesita ser malo”, asegura.

Marta afirma que le gusta sentirse joven todavía. “Yo no quiero subsistir. Si voy a vivir tantos años, que me los ha dado Dios, porque yo no hice nada por alargar mis años, quiero aprovechar y disfrutar de mi familia para que tengan buenos recuerdos de mí”. ¿Por qué dice que no hizo nada? Simple, dice sonriendo: “No camino, nunca fui de hacer ejercicios. Como de todo…y fumé mucho. Dejé, pero fumé muchísimo. Hasta los médicos me preguntan qué hice, y la verdad es que no lo sé”.

Marta tiene una hija, dos nietos y cuatro bisnietos. También tuvo un hijo, a quien perdió en un accidente automovilístico cuando él tenía 20 años. Su esposo Isaac, con quien disfrutaba salir de noche a ver espectáculos de todo tipo falleció en 2004, año en que cumplieron 60° aniversario de casados y, desde entonces, además de seguir trabajando, se dedicó a viajar mucho, hasta que vino la pandemia. “Tuve mis momentos malos, no me voy a hacer la que no. He pasado muchas cosas, pero prefiero tomarlas con optimismo. El mundo está acá, hay que aprovechar. Y después, Dios dirá”, afirma.

“No sé si la forma de ver la vida que tengo es la perfecta, pero es la mía”, asegura Marta. “Me gusta vivir, me gusta tener mi copita de vino todas las noches, me gusta comer, pero soy exigente, porque con los años se pierde un poco el apetito y entonces, como consumo menos, me permito elegir más”. Esas elecciones van desde un buen lomito a la parrilla, langostinos y salmón rosado, hasta alguna variante del chocolate suizo Lindt, uno de sus favoritos.

Raúl, leyenda local

Raúl Edilio Ambrosio Killamet llegó al mundo el 20 de marzo de 1925 en Dolores, provincia de Buenos Aires. Contar su historia es como narrar la mitad de la de su pueblo natal, que tiene poco más de 200 años. “Es una leyenda local”, dicen quienes lo conocen.

Los cuatro abuelos de Raúl llegaron a la Argentina desde Irlanda debido a la “Gran Hambruna” que acechó al país, entonces perteneciente al Reino Unido de Gran Bretaña, a mediados del siglo XIX. Es el menor de seis hermanos, cuya madre falleció cuando él tenía apenas siete meses por la fiebre amarilla. Raúl y su padre también se contagiaron, pero lograron sobrevivir.

Raúl fue criado principalmente por sus tías paternas. Logró completar la primaria en la Escuela N°5 de Dolores, pero abandonó la secundaria a los pocos meses para ir a trabajar. “A los 17 años mi padre, a quien trataba de usted, me llevó al campo que arrendaba junto a mis hermanos. Ahí aprendimos la cultura del trabajo, el esfuerzo y la honestidad”, cuenta con la voz pausada, junto a su cocina a leña.

El padre de Raúl llegó a arrendar más de 1000 hectáreas. “Era uno de los pocos que tenía auto en el pueblo”, recuerda Raúl. Su posición ayudó a que dos de sus hermanos, Ana y Santiago “Yato”, quienes habían nacido ciegos, pudieran estudiar en una escuela especializada en Buenos Aires, donde aprendieron a leer y escribir con el sistema Braille.

A mediados del siglo XX, Dolores se caracterizaba por sus calles de tierra, transitadas por gente que iba en carro, en sulky o a caballo. Luego de vivir en el campo durante décadas, Raúl volvió al pueblo donde fue construyendo una rutina. “Me gustaba juntarme con amistades en Plaza Moreno a jugar a las bochas”, afirma sonriendo, y dice que el fútbol es otra de sus pasiones. Está junto a su esposa, Simona Marta Pivano (90 años), quien completa: “Caminaba mucho y hacía tareas hogareñas, como cortar el pasto. A él le encanta tener plantas frutales, las cuida, fumiga y hace mermeladas. Tuvo su huerta en el pueblo; también cuando vivía en el campo. Siempre está haciendo algo, siempre activo”.

Su familia admite que, desde el año pasado, su movilidad y fuerza se han reducido, pero que su salud lo acompaña en general. Toma un solo remedio para el corazón. Nunca fumó ni consumió alcohol. Se levanta todos los días a las 9, toma su desayuno, come muchas frutas y verduras, y camina dentro de la casa. Duerme la siesta y se acuesta temprano, cerca de las 21.

“Mis amistades se han ido, pero la familia es grande. Tengo tres hijos, nueve nietos y dos bisnietos”, cuenta Raúl, y asegura que se siente “muy querido y acompañado”. ¿Algún mensaje para las nuevas generaciones? “Que respeten a los más grandes, trabajen y forjen su futuro”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sabado/superlongevos-llegaron-a-los-100-anos-con-una-vitalidad-extraoridaria-y-cuentan-sus-experiencias-nid07092026/

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