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La política exterior: un salvavidas para gobiernos en problemas

A menudo los gobiernos buscan en la política internacional un espacio para reafirmar la autoridad de sus líderes, posicionarlos junto a figuras prestigiosas o relevantes de la escena global (como...

A menudo los gobiernos buscan en la política internacional un espacio para reafirmar la autoridad de sus líderes, posicionarlos junto a figuras prestigiosas o relevantes de la escena global (como si la popularidad se transfiriera de forma automática o transitiva) y salir del atolladero de un entorno doméstico complejo en el que cuestiones de coyuntura (conflictos, escándalos, declaraciones altisonantes, polémicas menores) o estructurales (inflación, desempleo, competitividad, cuellos de botella en infraestructura) aturden a la sociedad y generan desgastes prematuros o difíciles de revertir. Tanto la dinámica diplomática entre presidentes (cada vez más significativa en un mundo dominado por los personalismos), donde la empatía, la espontaneidad y la capacidad de seducción son trascendentes, como en las cumbres, foros o visitas de Estado con imágenes cuidadas, alfombras rojas o paisajes bucólicos con sonrisas forzadas para la foto y la posteridad, constituyen oportunidades para ratificar credenciales diferenciales, construir legados idealmente perdurables y manejar los tiempos frente a situaciones conflictivas en las que un impasse obligado por un viaje se traduce en postergación o reducción de costos políticos incómodos.

“Cuando el presidente regrese de su viaje a Roma, revisará a fondo el asunto y le damos una solución a tu tema. En el vuelo de regreso lo meto en la agenda”, le prometió el por entonces jefe de Gabinete a un movedizo gobernador norteño. “Nunca me llamaron: tuve que suspender el vuelo de mis senadores cuando se votaba el presupuesto para destrabar el asunto”. Se tuvo que contentar con un tercio de los recursos que buscaba. “Pronto comprendí que mi tarea consistía en patear escritorios en Buenos Aires hasta conseguir aunque sea una parte de lo que necesitaba”. Esto se hace imposible ante la presencia de un mandatario extranjero, la organización de algún evento de magnitud o un periplo presidencial, con las consabidas delegaciones. En efecto, es preciso reconocer que el aparente glamour de lo que María Elena Walsh inmortalizó con su sarcástica descripción de “Los ejecutivos” (concebida para los CEO, pero aplicable al hiperpresidencialismo: Ay, qué vivos son los ejecutivos/Qué vivos que son/Del sillón al avión/Del avión al salón/Del harén al edén/Siempre tienen razón/Y además tienen la sartén/La sartén por el mango/Y el mango también) en el fondo puede constituir una zona de confort ideal para procrastinar.

Múltiples antecedentes respaldan esta aseveración. Cuando la situación económica empezó a volverse insostenible, allá por 1987, poco antes de que se desencadenara la hiperinflación, el presidente Raúl Alfonsín, de la mano de su canciller Dante Caputo (apellido recurrente del círculo rojo), profundizó su involucramiento en el Grupo Contadora, una instancia diplomática creada por los gobiernos de México, Colombia, Panamá y Venezuela para promover el diálogo en Centroamérica sin la intervención de potencias extranjeras, en un claro desafío a la hegemonía norteamericana personificada en el genial Ronald Reagan. También tuvo un protagonismo fundamental en la transición a la democracia en Chile, sobre todo en el plebiscito de 1988, a la que consideraba un paso crítico para la consolidación de la democracia en la región y de la paz con el país transandino.

Carlos Menem logró en 1999 que la Argentina entrara en el G-20, justo cuando afloraban a diario nuevos casos de corrupción, se desvanecían sus chances de re-reelección y continuaban repercutiendo los ecos del escándalo del caso Yabrán, incluyendo el asesinato de José Luis Cabezas. Con su hija Zulemita como acompañante y gracias a la habilidad de su gran canciller Guido Di Tella, el riojano mantuvo una muy activa agenda internacional aun luego de fracasar en evitar que su partido apoyara a Eduardo Duhalde, su principal adversario interno, como candidato.

Por su lado, luego de la dura y sorpresiva derrota en la revuelta del campo de 2008 por la fatídica resolución 125, debilitado y cuestionado dentro y fuera del peronismo, Néstor Kirchner buscó reposicionarse viajando a la selva colombiana para colaborar en el frustrado rescate de Ingrid Betancourt, secuestrada por la narcoguerrilla de ese país. Inolvidable su imagen desgarbada con los típicos mocasines y la chaqueta safari marca Columbia.

Estos son apenas algunos ejemplos de un fenómeno que se manifiesta en distintas épocas y latitudes: presidentes o líderes políticos con serios cuestionamientos y desgaste que pretenden oxigenarse y recuperar iniciativa a través de algún evento o pretexto vinculado a la esfera internacional. Lo interesante es que no dejan de intentarlo aunque los problemas que buscan eludir o ningunear continúen escalando y debilitando su influencia.

Javier Milei se inscribe en este linaje. Como de costumbre, lo hace con sus propios matices y obsesiones. Esto se ratifica con el planteo del gobierno respecto de Malvinas. Desde 2023 intentó evitar la confrontación y apostar a un diálogo constructivo en la búsqueda de algún tipo de esquema de cooperación con el Reino Unido y los EE.UU. Con alguna cuota de simplismo e ingenuidad, la apuesta suponía que, si la Argentina se consolidaba como un socio confiable de Occidente, Estados Unidos y sus aliados querrían destrabar la situación imperante en un Atlántico Sur con creciente presencia de potencias “foráneas” (China, Rusia, Irán) y auspiciar un acercamiento entre Londres y Buenos Aires.

Poco o nada de eso ocurrió a pesar de la profunda y recurrente reconfiguración del tablero internacional. El vínculo entre Washington y la OTAN se deterioró de manera significativa, con un cambio notable en el esquema de financiamiento y el entendible temor en Europa frente a la amenaza que implica la Rusia de Putin. La guerra en Irán distanció a Estados Unidos de socios históricos renuentes a acompañarlo, en gran medida por las heridas mal cicatrizadas que aún representan los fracasos en Irak y sobre todo en Afganistán, con el retorno de los talibanes al poder. En el medio de una guerra comercial contradictoria y sin un objetivo claro, un mero comentario de Donald Trump a partir de una columna del diario The Telegraph abre una acotada chance de que Washington revea su histórico respaldo a la postura británica en el tema Malvinas. Luego de más de una década de liderazgo, el mundo aprendió a no interpretar de forma literal o lineal las declaraciones del magnate. Las afirmaciones de hoy pueden convertirse en la nada misma en muy poco tiempo. Muchas veces habla tan solo para negociar, incomodar o marcar posiciones temporales o provisorias en el marco de una concepción transaccional del poder. De hecho, no hubo procesos formales detrás de su comentario: ni consulta al canciller Marco Rubio ni pedido de informes al Pentágono, mucho menos convocar a las respectivas comisiones del Congreso. Fue una provocación pensada en clave de su distante vínculo bilateral con el gobierno laborista ahora liderado por Andy Burnham.

Este impulso de política exterior llega en un momento en que los vínculos de la Argentina con buena parte de sus socios tradicionales están deteriorados, incluyendo Brasil y España. Con China el cuadro es paradójico: Milei destrabó la inversión en las represas de Santa Cruz, algo que gestiones anteriores, con mejor sintonía al menos en teoría con Pekín, no habían conseguido. Sin embargo, nunca visitó el país (tampoco Karina, que había prometido hacerlo) y un funcionario de la Secretaría de Comunicación (Juan Pablo Carreira, “Juan Doe” en las redes sociales) protagonizó una agresión innecesaria que motivó una respuesta formal del gobierno chino. Todo esto sugiere que la política exterior no ocupa un lugar central ni planificado en la agenda de Milei. El affaire Malvinas y la visita a Chile, no exenta de fricciones por un desafortunado comentario del jefe de nuestra Fuerza Aérea sobre Magallanes, funcionarían como válvulas de escape ante un frente interno cada vez más denso, con señales de desgaste verificadas en todas las encuestas.

Un dato que trasciende la coyuntura: Malvinas volvió a instalarse con fuerza en la cultura política argentina por los cánticos mundialistas, profundizado por el trapo que exhibieron los jugadores durante los festejos luego del partido con Inglaterra. El tema tiene rango constitucional y envergadura política, pero la dirigencia fracasó en encauzarlo de manera lógica, eficaz y consistente. ¿Lo logrará Milei?

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-politica-exterior-un-salvavidas-para-gobiernos-en-problemas-nid04092026/

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